Las Adelitas del Siglo XXI

Igual que las soldaderas que pelearon junto a Pancho Villa en la Revolución de 1910, en pleno 2016 existen mujeres valerosas que se están sumando a las Autodefensas en Michoacán para liberar a sus familias de la delincuencia organizada.

Texto y fotos de Sanjuana Martínez (@SanjuanaMtz)

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Coahuayana, Michoacán.— En esta zona costera la inseguridad está generando cambios sociales. Las mujeres han decidido dejar sus hogares, hijos y parejas para empuñar las armas y cuidar a sus familias del acoso de los Caballeros Templarios. Son consideradas las Adelitas del siglo xxi, mujeres que se han unido a los grupos civiles de Autodefensas, cansadas de aguantar la ola de crímenes y la falta de acción de las autoridades.

Durante años soportaron las extorsiones, las violaciones, los secuestros y los asesinatos, hasta que decidieron decir “basta”. Aprendieron el uso de armas de alto poder y estudiaron técnicas de autodefensa y ataque.

Si antes su trabajo en los grupos civiles de Autodefensas estaba destinado a labores domésticas, ahora son las primeras en exigir un trato igualitario frente a la tropa para encabezar las batallas.

Hace seis meses Esmeralda Arreguin Nava decidió incorporarse al grupo de autodefensa de este pueblo costero. Al principio sus tres hijos no entendieron nada, pero luego les fue explicando sus razones:

—Ustedes están creciendo, imaginen que esa gente mala los induce a las drogas o a la violencia. Es lo que yo no quiero. Tenemos que cuidar al pueblo— les dijo. Su hijo mayor Luis Enrique, de 12 años, la interrumpió:

—Mami, es muy peligroso. ¿Y si te pasa algo?

—No te preocupes mi hijo, no me va a pasar nada. Y si Dios así lo decide, allí está tu papá para que los cuide.

El niño la besa y le dice muy orgulloso:

—Cuando sea grande, mami, yo quiero ser como tú. Quiero ser Autodefensa.

Entre el AK47 y los chilaquiles del desayuno

Esmeralda se aflige cada vez que piensa en la muerte, pero es una posibilidad con la que cuenta. “Me da agüite, tristeza, pensar que me llegue a pasar algo”. La actividad de los Templarios se ha incrementado, especialmente en esta zona fronteriza con el estado de Colima, donde se refugian.

Viste un pantalón blanco ajustado y camiseta azul. Va cuidadosamente maquillada. Sin perder su delicadeza femenina, toma el ak47 conocido mejor como “cuerno de chivo”, mientras camina por la cocina del cuartel donde la cocinera prepara unos chilaquiles para desayunar.

La violencia transformó el tejido social de este pueblo. Cuenta que su novio trabajaba como mecánico y el dueño tenía que pagar una cantidad cada semana a los Templarios: “El jefe ya estaba cansado de que lo extorsionaran. Dinero y dinero, y mi novio lo veía todo. Y llegó el día que vinieron a su taller a matarlo. La mera verdad era muy estimado, muy buena persona. Él apoyaba a la policía comunitaria, pero los Templarios se dieron cuenta y lo mataron”.

Esmeralda confiesa que estaban hartos de denunciar los delitos a la Policía Local, el Ejército o la Marina y que nadie hiciera nada. La impunidad era la constante. “Nos tenían con la pata en el buche”, dice.

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Ella y su novio decidieron ingresar al grupo de Autodefensa. Fue a capacitación de armas, aunque ya sabía tirar: “He practicado mucho en el campo de tiro”, comenta.

El grupo de Autodefensas decidió entonces echar del pueblo a los “malandros”. Uno a uno fueron abandonando sus lujosas residencias y a fuerza de voluntad pacificaron el lugar.

Ahora cuidan las fronteras y han blindado Coahuayana. Aunque el equipo del comisionado para la Seguridad, Alfredo Castillo, les ha propuesto pertenecer a la Fuerza Rural, ellos dicen que siguen siendo Autodefensas, fieles al liderazgo del doctor José Manuel Mireles, a quien consideran un preso político.

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El gobierno está con los malos

Hace unos meses les enviaron un nuevo director de Seguridad y lo rechazaron: “Nos trajeron un comandante que es una lacra, era de los mismos. Ya nosotros lo conocíamos. Vino muy descarado y lo corrimos a la chingada. Nos pusimos bravísimos. Eso demuestra que el gobierno está con los malos”.

Sobre el machismo que hay entre la tropa, dice que no permite una sola muestra de discriminación por razones de sexo: “No me dejo. Me los traigo a raya. ¡A la chingada!”

De pronto hay una llamada de emergencia. El grupo de hombres y mujeres armados se encamina a la salida. Va subiendo a las camionetas. Ella acota: “No me gusta matar gente, pero ellos no se tientan el corazón”.

Su compañera Blanca Mariela Gutiérrez González va con Esmeralda, también se unió al grupo de Autodefensas desde el inicio. Estaba harta de ver el sufrimiento de la gente, de ser testigo de como los Templarios la sacaban de sus casas y terrenos para robarle sus propiedades.

Personalmente padeció el embate de la violencia. Sus primos fueron secuestrados y posteriormente asesinados.

Usa una pistola escuadra nueve milímetros sujeta con un cinto al pantalón de mezclilla. Tiene 22 años y vive en unión libre. Su pareja la apoya: “Es que aquí pasaron muchas cosas malas. Todos estábamos hartos”.

Poco a poco se fue capacitando en el uso de armas y últimamente cuida mucho su destreza y su pulso: “Seguido nos ponemos a “blanquear” para tener buena puntería”.

Blanca asegura que sus compañeros “casi” no son machistas, aunque dice que no le importan esas cosas. Gracias a su sentido de responsabilidad ha ido demostrando que puede trabajar igual que un hombre: “No podemos andar desarmados. Estamos en la frontera y ellos están muy a gusto del otro lado. Colima es su refugio. Si nos toca, es en defensa propia, ni modo que uno se deje”.

Para la Autodefensa Norma Rocha Domínguez, de 26 años, su nueva actividad representa un compromiso muy personal. Su padre fue secuestrado y asesinado por los Templarios, mientras su familia era obligada a dejar su casa.

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Antes había vivido el secuestro de sus primos y de su hermano: “El día que mataron a mi papá se llevaron a un hermano para hacernos presión. Ellos pensaban que mis primos iban a hacerles algo. Nos amenazaron para que no diéramos parte a la policía ni a “los guachos”, para no calentarles la plaza. Lo regresaron como a la una de la mañana, cuando ya nos habían traído el cuerpo de mi papá, y como a las dos y media pasaron en caravana, todos armados por la casa, intimidando a la familia. Mis primos y tíos salieron y los vieron risa y risa, se burlaban de nuestra desgracia”.

Norma había escuchado vagamente que en Tepalcatepec, el pueblo donde nació el Doctor Mireles, se habían levantado en armas para autodefenderse : “Y así fue como me animé. De todos modos si me quedo en la casa, me quedaba con miedo porque no tenía con qué defenderme. Aquí andamos en la lucha”, dice mientras limpia su cuerno de chivo.

Su padre había entrenado a sus cuatro hijas para disparar con una calibre 22: “Por eso cuando disparo no siento nada. A mi papá le gustaba mucho la cacería y nos llevaba con él a tirar al blanco, nos ponía a blanquear a sus cuatro hijas. Nos llevaba a los cerros a blanquear”.

Fue así como llegó al grupo con nociones en el uso de armas. Su madre al principio se preocupó e intentó disuadirla. Ella le contestó: “¡Somos nosotros o son ellos!”.

La misoginia que a veces se vive en el interior del grupo es menor, explica, y particularmente porque las mujeres se dan su lugar: “No me dejo si se quieren pasar. Cuando me gritan les digo: “a mí no me grites, porque aquí somos iguales. Me respetan. Yo los respeto”.

La Tuta se pasea a sus anchas

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Norma advierte que siguen siendo Autodefensas por una simple y sencilla razón: “El gobierno es muy traicionero. El simple hecho de que a veces nos pongamos uniforme no quiere decir que vamos a ser las mismas lacras que ellos. Nosotros vamos a hacer lo que la gente quiera, no lo que el gobierno ordene. En Michoacán siempre se ha dicho que (Alfredo) Castillo (Comisionado del estado) tiene vínculos con los Templarios, no podemos confiar en el gobierno”.

Y particularmente porque los grupos de Autodefensas que aún patrullan Michoacán saben que Servando Martínez La Tuta se mueve libremente por este territorio: “La Tuta anda custodiado por los mismos compañeros de la Policía Rural, los Viagras y el Pitufo; también está protegido por la Marina y el Ejército, en lugar de que lo arresten, lo cuidan. ¿Cómo es posible que al doctor Mireles que andaba haciendo algo bueno lo detuvieran y ese cabrón ahí anda entre ellos y no lo detienen?”

María de la Luz Sandoval Zamora, mejor conocida como Doña Luz en la comunidad nahua de Aquila, es abuela y está decidida a defender a sus hijas del acoso templario.

Como sus compañeras, un día decidió alzarse en armas: “Querían llevarse a mi hija menor, de 17 años. Por eso decidí levantarme. La acosaban todo el tiempo. Aquí ya habían desaparecido muchas muchachas y dije: es ahora o nunca”.

Doña Luz lleva su cuerno de chivo colgado al cuello y una pistola 380 semiautomática a la cintura. Ambas armas se han convertido en sus compañeras inseparables. Va vestida con un pantalón de mezclilla, tiene el cabello rubio y usa sombrero vaquero.

Dos de sus hijas, junto con un bebé en carriola y una nieta de siete años, la acompañan durante la guardia. Maneja una camioneta pick-up identificada con la leyenda de Autodefensa. Dice sentirse orgullosa de defender a su familia y a su comunidad: “¡Vamos a seguir hasta donde tope. El gobierno nos está poniendo trampas!”

El valor de estas mujeres inyecta capacidad operativa a los grupos de Autodefensas, según considera Claudia Yazmín Mercado Linares de Coahuayana, un municipio rico en agricultura.

Mientras vigila la playa donde hay familias disfrutando del fin de semana, cuenta que el pueblo vivía regido por la ley de la selva, que ninguna autoridad federal, estatal o municipal hacía nada contra los Templarios: “El pueblo necesitaba protegerse y actuó para sacar a los templarios. No es justo que estén muriendo personas inocentes”.

Va vestida con pantalón de mezclilla ceñido y camiseta roja. Tiene cabello negro y figura estilizada. Está casada, tiene dos hijos pequeños y le gustaría ser presidenta municipal. Lleva una cuerno de chivo.

La participación de las mujeres en este movimiento civil armado le ha dado también otra dimensión al conflicto. Muchas de ellas son madres o esposas de hombres asesinados y eso les da determinación para seguir: “Ellas tienen ese dolor de madre o esposa y lo traducen en lucha”.

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