Cardenal condena el matrimonio gay, pero protege curas pederastas

Víctima de curas pederastas censura al purpurado por criticar el matrimonio homosexual

El cardenal Suárez Inda es un hipócrita; protegió a los sacerdotes que me violaron

010n1pol-1-2Foto: Robin Owen (izquierda), esposo de Javier Castellanos Martínez, quien desde los 13 años fue víctima de sacerdotes pederastas en Michoacán, protegidos por la jerarquía católica. Foto Sanjuana Martínez

Sanjuana Martínez
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 29 de mayo de 2016, p. 10

Javier Castellanos Martínez no puede contener la indignación que le provoca la crítica y condena del cardenal Alberto Suárez Inda contra la legalización del matrimonio igualitario para todo el país propuesta por el presidente Enrique Peña Nieto:

El cardenal es un hipócrita, encubrió a los sacerdotes pederastas que abusaron de mí y mis hermanos. Conozco al clero. La mayoría de los sacerdotes son homosexuales, otros tienen mujeres y casi nadie respeta el famoso celibato, que no sirve para nada. Eso me consta, yo lo viví en carne propia. Los obispos y cardenales en público condenan algo que ellos viven en privado, porque casi todos tienen amantes. Son una bola de hipócritas, dice en entrevista con La Jornada.

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Javier cuenta que cuando tenía 13 años, en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Gabriel Zamora, Michoacán, el sacerdote Eugenio Sánchez Malagón abusó de él y de otros dos hermanos menores, durante varios años, abusos que luego continuaron con el sacerdote Noé Pérez Cortés.

Ambos curas fueron denunciados por ellos y otros niños abusados y sólo se les cambió de parroquia. Así, Javier, en marzo de 2007, denunció a los agresores sexuales ante la jerarquía católica de Michoacán, al entonces obispo de Apatzingán, Miguel Patiño Velázquez, y al arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda, según consta en cartas, cuyas copias están en poder de La Jornada.

En una carta membretada de la diócesis de Apatzingán, fechada en 2007, el obispo Patiño Velázquez se disculpa por el mal que le causaron estos dos hermanos sacerdotes. Le informa que decidió solamente moverlos de parroquia, pero no denunciarlos ante la policía: En aquel momento y en aquellas circunstancias juzgué conveniente cambiarlos a diferente lugar, al cura le quité la responsabilidad de la parroquia y lo envié de vicario, dice en la misiva firmada por él.

Indignado, Javier le escribió otra carta donde lamenta que el sacerdote pederasta Eugenio Sánchez Malagón fuera nombrado vicario en la catedral de Apatzingán y el otro agresor sexual, Noé Pérez Cortés, solamente haya sido enviado al extranjero, en lugar de que ambos estuvieran en prisión: Los sacerdotes mencionados posiblemente están causando mayor daño a otros menores, aún como representantes de Cris­to en el ministerio. Siento, en cierta manera, que mi testimonio no fue validado por sus acciones… La dignidad de cada uno de estos menores está bajo su cuidado al igual que la de sus sacerdotes.

Javier asegura que Suárez Inda fue informado de todo y recibió las cartas de denuncia, según consta en los comprobantes firmados emitidos por el servicio postal de San Marcos, California, en Estados Unidos, a donde decidió irse a vivir, luego de la persecución que sufrió por atreverse a denunciar.

El infierno

El padre de Javier –quien tiene ocho hermanos– fue asesinado y su madre se refugió en la religión. Cuando llegó el sacerdote Eugenio, su madrina de primera comunión, también viuda, era ministra de la comunión y lo llevaba al catecismo con otros niños: El padre ponía una casa de campaña en su casa, en la parte trasera de su jardín y allí llevaba a los niños y abusaba de nosotros. Luego me enteré de que a varios de mis hermanos también los había violado en el mismo lugar. Yo no sabía, sólo lo vi tocar a mis hermanos. Primero usando ungüento Vic que les ponía en los ojos y mientras ellos intentaban quitarse la molestia, él los manoseaba, les bajaba el pantalón en juego y los tocaba.

El sacerdote elegía a los niños de familias con problemas, de madres solteras o viudas: Este padre se empezó a aprovechar de todos mis sufrimientos. Cada 15 días ponía su famosa casa de campaña y allí nos violaba; había niños de dos años y yo era el más grande. La primera vez me sacó de la casa de campaña. Me desnudó y empezó a hacerme sexo oral, mientras él se masturbaba hasta que eyaculaba. Todo era muy confuso para mí, porque me asustaba, pero me estimulaba sexualmente y me empezó a despertar otras cosas.

Torturado por la situación, un día reclamó al sacerdote durante una confesión y éste le hizo sentir que todo era su culpa: “Era una tortura, yo me sentía el más sucio del mundo porque era muy religioso y sentía que vivía en pecado, pero él me dijo: ‘No te preocupes, Dios te perdona, jamás va a volver a pasar’, y me dio la absolución. Pero esa noche volvió a hacerme lo mismo, me empezó a desnudar y a tocar, y volvió a pasar. Mi cuerpo reaccionaba teniendo erecciones. Y a partir de entonces ya no me dejó en paz y los abusos duraron varios años”.

Por las denuncias de los padres de los niños víctimas de abuso el sacerdote fue transferido por orden del obispo Patiño Velázquez a Apat­zingán, pero volvía a la parroquia para seguir sus ataques: Una vez me llevó de viaje a Pátzcuaro con el hijo de mi madrina; nosotros nunca habíamos salido del rancho y él se aprovechaba de nuestra ignorancia y pobreza. Y una noche dormía con cada uno. Él llegaba a tener hasta cinco niños de diferentes edades en una noche.

Javier sufría fuertes depresiones y se hizo más religioso participando en actividades de la parroquia. Recuerda que la sacristana salió embarazada y dio a luz un bebé cuyo padre era otro sacerdote. La mujer fue despedida y llegó el sacerdote Noé Pérez Cortés. Fue cuando Javier se convirtió en sacristán a los 17 años, con derecho a alojamiento en la casa parroquial.

Al poco tiempo le hablé al padre Noé de mis problemas con el padre Eugenio: traía tanto sufrimiento y estaba tan deprimido por mi confusión tan grande por mi homosexualidad que me empecé a golpear en las paredes, me jalaba el cabello. Un día llegaron unos sicólogos al pueblo y le conté a uno lo que me había hecho el sacerdote y me dijo que lo platicara con el cura. Le cuento al padre Noé que soy homosexual y que no sabía si eso era bueno o pecado.

Un día, el cura Noé, quien era alcohólico y fumador, me envió a traerle unas bebidas: “Él siempre estaba rodeado de jóvenes y se quedaban a dormir en su cuarto, incluso tenía un amante, y ese día me invitó a tomar con otros tres jóvenes. Me tomé dos cervezas y me sentí muy mareado. Y él me cargó literalmente, me llevó a la azotea y me acostó en una colchoneta, me empezó a quitar la ropa; yo le decía que no y él me respondía: ‘¡Cállate!’ y me hizo sexo oral hasta que eyaculé. Él tenía un plan”.

Cuando le reclamaron al sacerdote los abusos, él dijo que el joven era joto con actitudes de amaneramiento y que si lo habían violado más de una vez, eso era porque le gustaba.

A partir de entonces, el sacerdote lo empezó a maltratar. Luego decidió denunciarlo ante el vicario, quien literalmente le dijo: Esta es una cueva de perros, vete de aquí, y por eso decidió viajar a Estados Unidos, donde viven sus hermanos.

Allí continuaron las depresiones, pero muy unido ahora a la Iglesia católica estadunidense, donde supuestamente le iban a curar su homosexualidad: Me llevaron con unas mujeres carismáticas para que me quitaran la homosexualidad, pero me dijeron que tenía metido el demonio y fue peor que antes.

Luego encontró al sacerdote Gerardo Lecome, quien finalmente le dijo que era normal ser homosexual. Fue cuando decidió iniciar un proceso terapéutico durante ocho años lo cual le ayudó a cambiar asumiendo su homosexualidad e intentando llevar una nueva vida.

La homofobia

Tras recibir cartas del obispo Patiño Velázquez, Javier empezó a tener llamadas del sacerdote pederasta Noé, quien lo amenazaba con divulgar a su mamá su homosexualidad y hacerlo público en su pueblo, mientras él vivía en Estados Unidos.

“Era 2009 y tenía mucho miedo. Me amenazó: ‘Si no te callas voy a empezar a divulgar que eres homosexual y que fuiste tú quien abusó de mí’. Yo era homosexual de clóset en ese entonces y me espanté. Luego amenazaba con llamar al servicio de Migración porque yo no tenía documentos. Me dijo: ‘Deja de chingar; si no te callas, te va a ir peor’.”

Javier empezó a sufrir de insomnio y a pensar en el suicidio: Me odiaba a mí mismo, detestaba el mundo y me quería morir. En la diócesis de California usaron toda la información para atacarlo y le decían que él fue el culpable de los abusos. Pensaba, si esto es de Dios, no quiero saber qué es el infierno.

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Javier ha seguido la vida de la jerarquía católica que protegió a los sacerdotes pederastas, en particular las declaraciones que considera homofóbicas del cardenal Suárez Inda sobre el matrimonio igualitario, quien dijo que un tornillo, lo que necesita es una tuerca, no otro tornillo: Me siento ofendido por las declaraciones del cardenal. Él supo de mi caso, recibió la carta; tenemos la firma, el documento que lo demuestra, y no hizo nada. Él tenía la obligación de actuar contra los sacerdotes pederastas. Me parecen hipócritas sus críticas contra el matrimonio gay y cuando dicen que los homosexuales somos los peores, cuando ellos no son lo que dicen, son unos fariseos hipócritas. ¿Por qué salen a condenarnos diciendo que un tornillo necesita una tuerca, si ellos se dedican a solapar los abusos sexuales y a callar todo?

Javier tiene ahora 35 años; tras un largo proceso terapéutico su vida cambió. Hace dos meses se casó con el estadunidense Robin Owen, en San Diego, California, donde vive feliz trabajando en su propia empresa de bienes raíces: Todos tenemos los mismos derechos. Yo caí en manos de sacerdotes criminales. Todos deben ser denunciados, los curas pederastas y quienes los protegen.

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